
Desde que tengo memoria he sido impaciente.
De niño me costaba esperar incluso cosas pequeñas. Los sábados parecían eternos porque tocaba esperar toda la semana para ver mi programa favorito. Una hora exacta. Si te perdías el inicio, te lo perdías. No había forma de adelantar nada. Era una especie de acto obligatorio de supervivencia infantil.
No existía Netflix. No existía Prime Video. No existía el bendito botón de «saltar intro». Uno veía lo que daban… y a la hora que lo daban. Fin.
Y aunque en ese momento me desesperaba, hoy pienso que sin saberlo estaba aprendiendo algo que se ha vuelto rarísimo en mi vida: esperar.
Después llegó el internet.
Bueno… «internet» entre comillas 😄
Porque conectarse era prácticamente un ritual espiritual-tecnológico. El sonido del módem parecía más bien un intento de comunicación extraterrestre. Y después de sobrevivir a esos sonidos, todavía tocaba esperar a que cargara la página.
Pixel. Por pixel.

Uno veía aparecer una foto desde la cabeza hasta los pies, como si la imagen fuera bajando línea por línea para mostrarse.
Y aquí estamos ahora: internet inmediato, películas inmediatas, mensajes inmediatos, comida inmediata, respuestas inmediatas.
Todo rápido.
Todo ya.
Y aun así… emocionalmente nos hemos vuelto más desesperados que nunca.
A veces quisiera tener un control remoto para adelantar temporadas difíciles de mi vida.
Como cuando uno salta una escena incómoda en Netflix porque no quiere sentir tensión.
Algo así quisiera hacer con varias etapas mías.
Dormirme hoy… y despertar cuando todo ya esté resuelto.
Despertar sin preguntas. Sin incertidumbre. Sin esa sensación incómoda de no saber qué va a pasar. Sin esperar.
Porque honestamente… esperar cansa.
Y creo que parte de mi problema es que siempre he querido resolver todo rápido.
Si algo me duele, quiero entenderlo ya. Si tengo un problema, quiero solucionarlo ya. Si siento incertidumbre, quiero respuestas ya. Si no veo claro hacia dónde voy, quiero el mapa completo ya.
Y me ha pasado algo curioso en estos años: a veces me desespero tanto con mi proceso que termino buscando otro curso, otra idea, otro video, otra respuesta, como si el conocimiento pudiera acelerar automáticamente lo que el corazón todavía necesita vivir.
Como si pudiera hacer «fast forward» a mi propia alma.
Pero la vida no funciona así.
Y Dios tampoco.
Una de las cosas más difíciles para mí ha sido aprender que hay dolores que no se resuelven rápido porque necesitan ser atravesados. No desde el masoquismo, no desde sufrir porque sí, no desde quedarse atrapado en el dolor. Sino porque muchas veces sentir también es parte de sanar.
Y honestamente, durante años aprendí a evitar sentir.
Me distraigo rápido. Me saturo de ruido. Me refugio en contenido, trabajo, redes, productividad, en cualquier cosa que me evite quedarme solo con lo que incomoda.
Porque la impaciencia muchas veces no es solo afán.
Es miedo.
Miedo al vacío. Miedo al silencio. Miedo al «todavía no». Miedo a no controlar el resultado.
Y ahí es donde más he chocado con Dios.
Porque mientras yo quiero respuestas rápidas, Él muchas veces parece decirme algo más simple y a la vez más difícil:
«Confía en mí.»
Y uno quisiera algo más específico, la verdad 😄
Aunque sea un PDF celestial con fechas, tiempos, KPIs y explicación detallada del proceso.
Pero no. Muchas veces Dios solo pide confianza.
Y eso desespera a alguien acostumbrado a querer entenderlo todo rápido.
Nosotros vivimos como streaming. Pero Dios trabaja más como un agricultor.
Semilla. Tierra. Tiempo. Raíces invisibles. Espera. Fruto.
Y casi nadie celebra las raíces invisibles.

Celebramos el fruto. La respuesta. El milagro. La meta cumplida.
Pero pocas veces pensamos en todo lo que pasó debajo de la tierra mientras nada parecía estar ocurriendo.
Y así me he sentido muchas veces: como alguien en proceso… pero sin resultados visibles todavía.
Especialmente en estos últimos años.
Paciencia con mi marca personal. Paciencia con las relaciones. Paciencia con mi proceso espiritual. Paciencia con los planes que Dios tiene para mí. Paciencia incluso conmigo mismo.
Porque si algo he descubierto es que muchas veces he sido más duro conmigo que cualquier otra persona.
Queriendo cambiar, sanar, crecer y resolver rápido.
Como si Dios trabajara bajo presión humana.
Pero no.
Dios nunca ha tenido prisa.
Y a mí todavía me cuesta entender eso.
Porque mientras yo quiero controlar el tiempo, Él muchas veces trabaja el corazón.
Y el corazón rara vez sana a velocidad de internet.
La Biblia está llena de personas impacientes. Personas que dudaron, que se desesperaron, que quisieron adelantar promesas, que se cansaron de esperar, que preguntaron «¿hasta cuándo?».
Y Dios siguió caminando con ellas.
Eso es lo que me sostiene cuando me desespero.
Porque significa que incluso en mi ansiedad, en mi afán, en mi intensidad, Jesús no se desespera conmigo.
Y honestamente, eso también es amor.
Que Él no me abandone incluso cuando quiero correr más rápido que el proceso.
Tal vez por eso estoy entendiendo algo que antes me costaba ver:
Quizás la paciencia no es quedarse quieto.
Quizás es aprender a caminar sin controlar el resultado.
Y quizás eso es lo que Dios ha estado trabajando en mí todo este tiempo.
No solo enseñarme a esperar.
Sino enseñarme a vivir mientras espero.
Porque a veces… el «mientras tanto» también es parte del milagro.

«Pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas.» — Isaías 40:31
P.D. Me costó escribir este artículo. Es decir, hasta para hablar de paciencia… me costó tener paciencia. Si después de esto Dios me manda por fin el PDF celestial con fechas y KPIs, prometo leerlo en silencio. Aunque después seguramente lo cuente. Soy humano todavía.
